Aranceles y libre comercio

Las cifras lo demuestran con exactitud. En 1999, Estados Unidos tenía unos aranceles promedio del 2,8 por ciento. En la Unión Euro­pea, los aranceles promedio eran del 2,7 por ciento. En Corea, el «tigre emergente», del 5,9 por ciento. En Argentina, supuestamente modelo de reforma económica, era del 10,7 por ciento. En las eco­nomías gigantes de China e India, 15,7 y 29,5 por ciento, respecti­vamente. Sabemos ya que la pobreza y la corrupción del pequeño y mísero Camerún no están siendo aliviadas por la aplicación de asom­brosos aranceles, que promedian un 61,4 por ciento.

Parece que aunque pudiéramos presionar a nuestros políticos para que hiciesen lo correcto para todos, reduciendo los aranceles, la res­ponsabilidad recae de igual manera sobre los Gobiernos de estos paí­ ses pobres. ¿Por qué mantienen los aranceles, que perjudican a sus ciudadanos y evitan hacer negocios rentables? Tal vez porque el aislamiento internacional favorece la estabilidad política. El líder político con más años en el poder en todo el mundo es Fidel Castro, seguramente presidente vitalicio como resul­tado de las sanciones de los Estados Unidos, que han producido un resultado contrario al deseado. El régimen de Sadam Husein parecía más fuerte que nunca tras una década de sanciones: fue una fuerza exterior y no un cambio interno la que lo expulsó del poder. Myanmar y Corea del Norte son parias internacionales con Gobiernos demasiado estables.

 

Esto explica por qué Japón se vio forzado a liberalizar y, con ello, a aumentar considerablemente la renta del país. La política de aisla­ miento no se creó pensando en el bienestar del pueblo japonés, sino en el bienestar de sus gobernantes, el clan Tokugawa. La historiadora Janet Hunter afirma:
Los mecanismos del control político eran respaldados por un seve­ ro régimen de reglamentación, que intentaba minimizar todo cambio social, político y económico entre los ciudadanos en general… A partir de 1640, se minimizó la potencial influencia dañina extranjera, aislan­ do al país de casi todó contacto con el resto del mundo.
Aunque estas precautorias medidas tuvieron éxito en lo que atañe al mantenimiento en el poder de los Tokugawa durante aproximada­ mente dos siglos y medio, nunca podían esperar evitar todo cambio social, económico y político… El restablecimiento de las relaciones con los Estados Unidos y los poderes imperialistas de Europa rápidamente llevó la cuestión a un puntó critico durante las negociaciones con Estados Unidos para el establecimiento deliberaciones formales… la autoridad de lokugawa rápidamente entró en declive.
Los grupos de interés particular han intentado definir la política comercial de los Estados Unidos, con éxito diverso. Las barreras aran celarías deben ser aprobadas por el Congreso y sus miembros deficn den los intereses de sus propios electores, exigiendo protección para la agricultura en Iowa, el acero en Pensilvania, el azúcar en Florida o la fabricación de automóviles en Michigan. Negociando entre ellos los votos, podrían aprobar arancel tras arancel; y si el presidente regre­ sara de alguna negociación comercial con un tratado en la mano para reducir las barreras comerciales, ellos se negarían a ratificarlo.
Por lo general, los presidentes tienden más a ser entusiastas parti­ darios, ya que necesitan votos de todo el país; así que es menos pro­ bable que favorezcan al proteccionismo localmente concentrado. En efecto, a partir de 1934, cuando el presidente Roosevelt convenció al Congreso para que le otorgara a él y a los futuros presidentes el poder de aprobación previa de los tratados comerciales, las tasas arancelarias en los Estados Unidos cayeron del 45 por ciento al 10 por ciento, apro­ ximadamente, en dos décadas. Así pues, desde que el presidente ostenta la responsabilidad de la política comercial, han venido reducién­dose tales tasas.

Por supuesto que los presidentes no son totalmente inmunes a la política de intereses particulares: la importancia de la votación de Florida en las últimas elecciones presidenciales garantiza la protección de los productores de azúcar a expensas de la nación. Ningún sistema político es perfecto, pero las democracias tienden a favorecer al comercio más que otros, ya que reducir las barreras comerciales resulta benefi­cioso para el ciudadano común.
/Cómo podemos mejorar la situación de los pobres?
Ya te habrás dado cuenta de que soy un fanático del café y la cerve­ za. Mi café preferido proviene de Timor; mi cerveza predilecta, de bélgica. Mi villa es mucho más feliz gracias a los recolectores productores de café y a las compañías cerveceras belgas; y espero haber hecho lo suficiente para convencerte de que también sus vidas son más felices gracias a mí. Una característica fundamental de las clases de interpretación social que suelen estudiar los economistas es que… todos ganan.

Por desgracia, unos ganan mucho más que otros. Yo me encuen­tro en una buena situación, al igual que los belgas. Los timorenses no. Estarían, incluso, peor de no ser por el comercio, pero esto no es suficiente para relajarnos y olvidarnos de ellos.
Quienes cultivan café son pobres porque no poseen ningún poder de la escasez. Hay muchos lugares donde se puede cultivar café. Cultivar café a gran escala requiere mucho trabajo, pero escasa destreza. Ningún cultivador particular tiene el poder suficiente como para afectar el pre­ cio del mercado. Incluso si los países actuaran al unísono, tampoco ten­ drían el poder de la escasez: cuando los más importantes productores intentaron crear un cártel (la Asociación de Países Productores de Café) para el control de dos tercios de la producción mundial de café, dicha asociación fracasó y hubo de disolverse. Cada vez que el cártel lograba aumentar los precios, nuevos agricultores, en nuevos países, rápidamente encontraban atrayente el comenzar a cultivar café. Vietnam es un estu­ pendo ejemplo. Hace unos años, apenas se cultivaba café en el país, pero hoy en día es el segundo productor del mundo. Un cártel diseña­ do para explotar el poder de la escasez sólo puede funcionar si los nue­ vos productores no pueden entrar en el mercado con facilidad.

No deberíamos olvidar que una de las razones por las cuales resul­ ta tan fácil para los agricultores pobres producir café es que éste no crece en Francia o en Florida, así que los agricultores ricos no están interesados en hacer campaña a favor de altos aranceles. El café sin pro­ cesar se encuentra relativamente libre de aranceles, por lo cual un efec­ to más de éstos sobre la carne, el arroz y los cereales es que los agri­ cultores de los países pobres no tienen otra opción que la de mercados alternativos como el café, que no puede mantener a todos ellos.

 

el dolar

Debido a que resulta tan fácil introducirse en el negocio del café, me atrevo a hacer una predicción: los agricultores que cultivan café no serán ricos hasta que la mayoría de las personas sean ricas. Si algunos  se enriquecen pero otros agricultores, o quienes trabajan en lufa res donde los explotan, son pobres, los demás comenzarán a mliiviti café. Los altos precios del café se hundirán, hasta que quienes son explotados se conviertan en trabajadores «de cuello blanco», bien irmti nerados y con empleos cualificados en la industria, que no se sientan atraídos por la idea de ser un próspero cultivador de café.

Debemos comprender que las iniciativas que tienen una visión limitada sobre el «café de Comercio Justo» o la «ropa sin explotación” —ropa no fabricada en las sweatshops— nunca mejorarán de maneta significativa la vida de millones de personas. Algunas, como la cam paña para que la ciudad de Nueva York no comprara uniformes pro cedentes de países pobres, producirán un serio perjuicio. Otras, como las numerosas marcas de café de comercio justo, probablemente aumenten los ingresos de unos pocos productores de café sin caus.u demasiado daño. Pero no pueden solucionar el problema básico: se esta produciendo demasiado café. Ante el más ligero indicio de que el cul­tivo de café se convertirá en una actividad atractiva, el sector siempre estará inundado de gente que no tenga otra alternativa. Lo cierto de la cuestión es que sólo el desarrollo de base amplia en los países pobres podrá elevar el nivel de vida de los más pobres, aumentar los precios del café, e incrementar los salarios y las condiciones laborales de las fábricas de calzado.

 

 
¿Puede llevarse a cabo dicho desarrollo? Sin duda. Miles de millones de personas de los países en vías de desarrollo son mucho más ricas ele lo que lo fueron sus padres. La esperanza de vida y el nivel de edu­ cación están en aumento, aun en países que no están enriqueciéndo­ se. Esto sólo en parte se debe al libre comercio; existen muchos otros factores. Para que una economía en vías de desarrollo crezca con fuer­ za, hay que poner en marcha muchas reformas. Hay un país en el mun­ do que lo ha hecho para más gente, más rápidamente, y desde una peor posición de salida, que ningún otro en la Historia. Es allí don­de debemos finalizar nuestro viaje.

 

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